miércoles, 4 de septiembre de 2013

El lamento del mundo [pincelada dispersa]

World Press Photo 2013.

Fui a meterme, en mi tiempo libre fuera de la sala, a un vagón recordatorio de que la miseria no es solo nuestra, está en todos lados. He ahí el trabajo afanoso de equipos periodísticos, misioneros del mensaje, de ese mensaje. Que ya no sé si es un llamado al cambio; en tiempos débiles llena de angustia: qué más hacer, qué se puede realmente hacer. Y es ahí donde surge la duda.

Qué más hacer, que realmente se puede hacer. Hay tantos intentos que suenan vanos. Y es más, al ver lo cruento que pudiese ser aquí y no lo es, hace guardar un poco el intento. ¿Es aquí? ¿Nos alegramos de que tan mal no estamos? ¿Bajamos la guardia y ralenti al paso?

No.

¿Cuál es la batalla? aunque aquí se vea menos sangre, menos hambre, o bien se esconda más, no deja de ser enorme esa batalla. Que llena de angustia. Que atora. Desde la sala se ve la enorme necesidad de todo. De cariño, de valores, de equilibrio, de guía. De profesionalismo, de profesionales, de compromiso. De veracidad. De humanidad. Hay intenciones de parte de varios, pero falta tanta fuerza. Hay tantos perdidos, padres, niños, profesores, directores, coordinadores, inspectores, orientadores. Qué hacer ¿qué realmente se puede hacer?

En un día a día que trabajamos, nos damos cuenta en el aula de que el problema es más grande que uno. Que no somos súperhombres, súpermujeres que vengan a dar salvación a este suertudo grupo. Y el día a día te hace más bien, sentir que eres nada. Que los esfuerzos te comen, que aunque a veces aciertas, das palos de ciego, por que si estás solo, todo se hace agua. No basta la fuerza de la amistad. Intentamos lidiar con tormentos del alma que si no es en equipo, y con mucha delicadeza, se logra nada.

¿Cuál es entonces mi batalla? Admitir primero mis torpezas y fortalezas. Comprender los límites y los roles. Asumir los tiempos, y escuchar. Darse tiempo de escuchar todo el ruido que llevo dentro.
Mi batalla tiene dos frentes en una misma dirección. El frente siempre es integral. Está el humano, y está el profesional. Colocar de frente las herramientas para que el alma no sucumba y reconocer lo límites, enormes límites, del sistema que intenta ahogarte. Y aprender.

Trabajo de profesor, sin embargo mi formación es en gestión. Inevitable me es analizar en pos de ello y admito que disfruto reconocer con algo de maestría todo lo que hay por hacer en ese ámbito. Y me llena de esperanza que mi profesión tiene mucho que entregar a un sistema reventado como el de la educación, para que pueda llegar a ser algún día, una institución que brinde vida y no miseria.

Y he ahí mi batalla. Llevar al mundo paralelo del empresario su incidencia en la formación de los civiles que conforman el Chile en que vivimos. El valor que pueden agregar. La almas que pueden levantar. El vacío que pueden llenar. Los padres a los que pueden educar, los tiempos que pueden dar, los respiros, pero sobre todo también educar. Una empresa que deje de ensimismarse y no consuma recursos sin volverlos aún más valiosos. Que cree, no solo productos. No solo servicios.

Y he ahí el otro frente. Comunicar, transmitir, el mundo en el que cada uno realmente quiere vivir, y construirlo, en el entorno cercano. No hay otra forma. Que quien te mire a los ojos, escuche tu boca, hable tus oídos, vaya haciendo lo mismo de sí. Es un acuerdo común, es una decisión de cómo vivir. Que cale, que guíe, en el día a día. No hay idea de paz que se imponga sin que sea posible de vivir en un segundo cualquiera.

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