Movimiento.
Alrededor hay quien salta y no pasa frío, de moverse, concentrarse, reír y correr.
Eso pasa cuando se persigue un volantín.
Y yo sentada en la arena, abrigada, mirando la escena.
Nunca había notado cuánto me gusta el mar. Aún en invierno.
Sentada ahí, rodeada de personas, de niños, de espacio común, de olas, de un ruido de paz.
El tiempo se detiene, qué clichè.
El tiempo de detiene por que quisiera tener más tiempo, quedarme allí.
Me hace falta ese mundo en común
ese espacio en común
con quien fuera,
con rostros, pasos, con casualidades,
con cotidianidad.
Hace falta ese espacio en común. Comunidad.
El mar queda lejos para un santiaguino cualquiera en su rutina diaria.
Y los parques? También. Y las plazas? también.
No de que no hubieren;
sino de no saber usarlos.
No hay rutina de búsqueda de ese momento de paz
de ese detener el tiempo
por un momento
cada día.
Movimiento, cuando uno permanece quieto.
Ni es necesario cerrar los ojos para sentir ese flujo de vida
y corroborar que uno es parte de ella.
Qué paz.
Sentirse parte por estar
hacerse parte por percatar
la existencia de un otro, de unos otros
y todo ese potencial, infinito
de que se puede tener comunidad.
Qué paz.
La esperanza que nace de un espacio público.
De la vida en común.
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